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Soy un sexagenario cubano marcado con el estigma gubernamental de disidente (quien se separa de una creencia o religión según el diccionario). Este tatuaje es más visible y colorido que los preferidos por los jóvenes de hoy, y hasta con mayores consecuencias sociales. Mi pregunta en estos casos siempre ha sido: ¿de cuál creencia me separé?

Los chicos de mi generación patinaron sobre el granito de los jardines del Capitolio, realizaron experimentos de astronomía a los pies de la segunda estatua más alta bajo techo en el mundo, y jugaron a los escondidos en uno de los salones más grandes y hermosos de la Isla, alrededor de uno de los diamantes mayores del planeta. Con semejante toma de distancia de las instituciones anteriores a 1959, parecía imposible que alguna vez el edificio retomara su destino original y sirva actualmente de sede a la asamblea que parece legislar en el país. De tontos hubiera sido vaticinar en esa coyuntura el regreso a las inmediaciones del Capitolio de los fotógrafos tradicionales de caja oscura y trípode, ahora para retratar a turistas a los que se le vende la imagen de la Cuba de antaño, con prostitución y “almendrones” de época incluidos.

De la mano de nuestros padres, y por el precio de un peso, con frecuencia tomábamos helado en el mirador de Havana Hilton, entonces nacionalizado y renombrado “Habana Libre”. Nada de sospechas porque un nacional entrara, las puertas automáticas se abrían con igual presteza para todos. Desde allí vimos construir la heladería “Coppelia”, sin sospechar que unos años después el hotel nuevamente cambiaría su denominación por Habana Libre Trip, (sin que nadie explicara qué tenían los nuevos dueños mejor que los Hilton). A partir de ese momento los cubanos quedamos excluidos. Ya no pude mostrar el mirador a mis hijos.

Algunos, amantes de tomar ostiones, guardábamos en secreto parte del dinero de la merienda (sin que se enterara mamá, por supuesto), para comprarlas en cualquiera de los numerosos quioscos que poblaban la ciudad. Un buen día de 1968 desaparecieron (los ostiones y sus expendedores), junto a todo lo que oliera a iniciativa privada, como parte de la “Ofensiva Revolucionaria”. Hoy resurge mal tolerada por el mismo gobierno que la eliminó y no sabe qué hacer con ella. Para definirla la describe bajo el término de “cuentapropia”, palabra inexistente en el idioma español y evidente eufemismo (modo de evitar una palabra desagradable para el hablante sustituyéndola por otra, según el diccionario).

Algo más crecidos, cuando la República Popular China comenzó a implementar los cambios en su economía, repetimos en la escuela las palabras de nuestro máximo líder con énfasis incluido en su adverbio predilecto “¡jamás!”, para asegurar que Cuba nunca entregaría su patrimonio a la inversión extranjera. En aquella ocasión llegó a definir al Partido Comunista Chino como “tigre de papel”. En menos de lo que demora una palma real en dar palmiche vimos entrar inversiones de israelitas, españoles, franceses y otras nacionalidades de una larga lista. La única condición para formar parte de ella era no ser cubano. Recuerdo en ese tiempo una entrevista al propio máximo líder de la Revolución, realizada por la reconocida periodista norteamericana Bárbara Walter, quien le cuestionó por qué no le permitía a los cubanos invertir en su propio país. La respuesta fue genial y colorida: “porque los cubanos no son un mercado”. Sobran los comentarios al respecto.

De esa manera, si alguien con autoridad conferida por el actual gobierno cubano lo acusa de disidente, no dude en preguntar de cuál creencia o ideología ha disentido. Primero, porque probablemente a estas alturas sea más motivo de orgullo que de preocupación. Segundo, porque no veo ideología o creencia alguna sostenidos consecuentemente durante este largo medio siglo de los cuales disentir. Sólo aprecio un inteligente y camaleónico adaptarse a las condiciones impuestas por la realidad (sobre todo internacional). Para ello, incluso, llegó a formularse un nuevo concepto de “Revolución”, donde todo cabe. En resumen, la esperanza de un futuro promisorio para Cuba suscita y sostiene la responsabilidad de aceptarse a sí mismo como “disidente” (no importa las ideas sostenidas por cada cual), y la responsabilidad, a su vez, testimoniará y realizará la esperanza.

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Ing. Eloy M. Viera Moreno

Enamorado de la ciudad que lo acogió por más de treinta años. Dedicado cultor de la cienfuegueridad.


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Cienfuegos de Cuba

Detalles interesantes sobre la Perla del Sur y la actualidad cubana

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