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El aríticulo 26, inciso 3, de la Declaración de los Derechos Humanos, firmada en 1948 entre otros gobiernos por el de nuestro país, reconoce a los padres el “derecho preferente a escoger” la educación que desean para sus hijos. Sin embargo, dejemos esta óptica leguleya a los abogados. Utilizo esa idea sólo como columna vertebral para mis comentarios. La posibilidad de escoger fue una práctica naturalmente ejercida por los progenitores, desde mucho antes de ser reconocida como un “derecho humano”. A continuación algunos juicios sobre cómo se ha ejercido ese “derecho” en la educación cubana de los últimos sesenta años. Los comparto desde la perspectiva de una persona cuya instrucción es fruto de ese magisterio (yo tenía dos años en 1959), y desde la experiencia de un padre que educó dos hijos hasta la adultez en esas mismas condiciones, y hoy contribuye a la formación de tres nietos.

Declaración de los Derechos Humanos. Artículo 26. Inciso 3: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. ¿En Cuba?.

Actualmente, cuando se habla de la educación de los niños cubanos, una buena parte de sus padres considera eso una ocupación y preocupación del Estado. En todas nuestras últimas constituciones se ha considerado “una función del Estado”, no tanto para asumir sus responsabilidades en ese ámbito, como para excluir cualquier otro tipo de instrucción. De esa forma los progenitores criollos se han acostumbrado a no cuestionar los contenidos ni las formas de una educación siempre en “perfeccionamiento”, donde, en cualquier caso, un “especialista” determinará “qué y cómo”.

¿Fue siempre este “dejar hacer” la actitud de padres y de la sociedad civil en la historia cubana? Para nada, nunca fue así.

En la primera mitad del siglo XIX, la forma y los contenidos enseñados por el insigne pedagogo José de la Luz y Caballero para la formación de las nuevas generaciones en su Colegio “El Salvador” del Cerro, fueron fuertemente criticados por los padres simpatizantes del integrismo español y de la Cuba colonial. Su escuela fue calificada en la prensa por alguno como “cueva donde se forman laborantes”. No obstante, y para suerte de nuestra nación, pudo sostener por años ese centro, de donde salieron muchos de nuestros patriotas independentistas, y algunos de nuestros más destacados pedagogos.

José de la Luz y Caballero (La Habana, 1800-Ídem, 1862). Insigne patriota y pedagogo cubano, perteneciente a la generación que por primera vez describió el sentimiento de nacionalidad independiente (cubanidad)..

En ese mismo siglo, según testimonio de un miembro de la conocida familia Avello de Cienfuegos, todas las hembras de esa progenie asistieron al Colegio “Santa Teres de Jesús”, fundado y sostenido por la patriota y pedagoga Anita Fernández Velasco. El cabeza de familia, un tozudo mercader español para nada dado a las ideas independentistas, y menos aún feministas, sustentaba su decisión de enviarlas a esa escuela porque, “a pesar de algunas ideas un tanto raras de Anita, allí, como en ningún otro lugar de Cienfuegos, se forman mujeres de bien”. Se refería, entre otros aspectos, a las visitas periódicas organizadas por la pedagoga a las casas de los más pobres, acompañada de muchas de sus alumnas, algunas de ellas pertenecientes a “familias de bien”. Aquello era inaudito y hasta agresivamente irreverente para la época. Gracias a esa posición, y desconociendo la orden del gobierno español de no aceptar ninguna ayuda de los norteamericanos, en los portales de la escuela, apoyados por el Cónsul americano en la ciudad, sostuvieron una cocina popular durante los días de la Reconcentración de Weyler. De sus aulas salieron después excelentes maestras, fundadoras del magisterio público republicano, así como las féminas con mayor actividad caritativa en la ciudad, durante los primeros treinta años de la República.

Foto de finales del siglo XIX. Casa en la esquina de San Carlos y San Luis (Cienfuegos), donde radicaba el Colegio “Santa Teresa de Jesús” fundado y dirigido por la patriota y pedagoga Anita Fernández Velasco. Allí, contraviniendo la disposición del gobierno colonial español de no aceptar la ayuda norteamericana, funcionó una cocina popular durante la Reconcentración de Weyler. En acción además irreverente para la moral de la época, fue sostenida por Anita y sus alumnas, algunas de familias “de bien”.

Ya en el segundo decenio de la incipiente República, mientras se forjaban las primeras generaciones de criollos “republicanos”, algunos textos para la enseñanza de la Cívica fueron fuertemente criticados de “anti cubanos” por padres interesados en una formación más “cubana” de sus hijos. Particularmente fueron rechazados los profesores españoles, mayoría en la enseñanza católica, y con mayor saña los Jesuitas de los colegios de Montaserrat en Cienfuegos y Belen en La Habana.

La situación se presentaba muy enrarecida. La Isla estaba en pleno proceso de duplicar su población producto de la inmigración, el 60 % de la cual era española (algunos entendidos llaman a este fenómeno la “segunda colonización”). Muchos de sus descendientes (de madres cubanas), asistían a esas escuelas católicas. El asunto se centraba en dos aspectos: una visión disminuida del Ejército Libertador (quienes hemos leído los trestimonios de los participantes en la gesta independentista la calificaríamos mejor de realista, sin interferencia de sentimientos patrióticos), y lo más importante: el criterio sobre la Enmienda “Paltt” sostenido por esos pedagogos hispanos era de “inaceptable e imperialista”, lo cual “ofendía a la nación amiga del norte”. Esta educación “anticubana” con seguridad influyó en la formación de algunos personajes comunistas de nuestra historia como Carlos Rafael Rodríguez Rodríguez, de Cienfuegos, y los hermanos Raúl y Fidel Castro Ruz, todos hijos de españoles, y alumnos de esas escuelas jesuitas.

En época más cercana, recuerdo durante la enseñanza primaria de mis hijos momentos álgidos de las discusiones en casa. Uno de aquellos temas giró alrededor de la forma como les mostraban a Ernesto Guevara de la Serna, ejemplo supremo y excluyente de bancario, de industrial y de internacionalista. Los enseñé a calcular el tiempo vivido por el “Che” en nuestro país: 24 meses en la insurrección y unos ocho años en servicio civil. La conclusión era pues, o nuestra flaca historia patria estaba definitivamente desprovista de bancarios, industriales e internacionalistas destacados; o este hombre desarrolló una labor sobre humana en ese corto tiempo, capaz de obtener resultados monumentales y perdurables. Les ofrecí materiales para estudiar el quehacer en nuestras finanzas de Felipe Pazos, el genio y la perseverancia de Goar Mestre y Gaspar Pumarejo, emprendedores industriales cubanos fundadores de la televisión en la Isla, y de un sinnúmero de “internacionalistas” extranjeros sirviendo a Cuba, y de cubanos prestando sus servicios en otras tierras, todos, en ocasiones, al precio de sus propias vidas.

El resultado fue una tensión sicológica adicional e innecesaria para nuestros hijos, en medio de un sistema educativo donde la doble moral es pan diario de muchos maestros. Concientemente y muy a disgusto, participábamos de ese juego hipócrita: en casa y para tu conocimiento una cosa, y en la escuela otra (las sanciones por expresarse en el colegio de forma diferente a la ideología gubernamental, podían marcar de tal modo la vida de un niño como para torcerle el futuro). Un solo hecho me tranquiliza la conciencia. Casi todos sus amiguitos, quienes aconsejaban a mis vástagos no expresarse así, en el ambiente acogedor y seguro de mi casa, hoy viven en otras latitudes, en realidades muy distintas a las que dijeron “defender” en su juventud. Los míos, todavía compran pollo por “pesc’ao”. ¿Son más patriotas por ello? ¿Será que no tuvieron oportunidades de “irse”? No lo creo, es la respuesta a la primera pregunta, y para responder la segunda recordaré han viajado fuera de Cuba por encima del promedio para un joven cubano, con sobradas posibilidades de “quedarse”.

En resumen, algunos de los mejores métodos pedagógicos cubanos fueron en su momento criticados y descalificados por las clases en el poder. A pesar de ello, personas interesadas en el futuro promisorio de sus hijos, ejercieron el derecho a escoger la educación que querían para ellos, y los enviaron a los colegios donde se impartían esos métodos de enseñanza. En este grupo de padres el “dejar hacer” no fue nunca una opción.

En la actualidad siempre la educación ha de ser una de las funciones del Estado, como es usual en otras latitudes. Sin embargo, 60 años de experimentación para formar el “Hombre Nuevo”, y de monopolio del gobierno sobre los centros y programas de enseñanza, han demostrado perseguir más el adoctrinamiento de las jóvenes generaciones en la ideología oficial, que generar pensamiento en ellas. En función de eliminar ese pesado lastre, diversificando las opciones para garantizar el derecho humano de los padres a escoger la educación de sus hijos, es hora de dejar de anatemizar la educación privada. Ya algunos “brotes” se están produciendo. Piensen en los “repasadores”, generalmente profesores que empezaron de “muy callada manera”, como rezan los versos de Nicolás Guillén. Recordemos la enseñanza privada del idioma inglés, a la cual se incorporan cada vez más infantes y jóvenes, esta vez de padres con posibilidades de pagarla, en un cuadro de desigualdades sociales similar al denunciado en el alegato “La historia me absolverá”, hace casi setenta años.

Por último, y dentro de la educación privada, no prejuzguemos a priori la enseñanza religiosa (no sólo la católica). En esos colegios se graduaron, por ejemplo en los fundados por los Maristas de la Enseñanza, Osvaldo Dorticós Torrado, quien llegaría a ser un destacado comunista y Presidente de la República, así como el prolífico intelectual Eduardo Torres Cuevas, hoy Director de la Biblioteca Nacional. No cito más casos, la lista sería interminable. La impronta de la educación religiosa en Cuba durante los cinco siglos de nuestra historia contemporánea es monumental, e incluye algunas de las más brillantes páginas en la formación de nuestros próceres.

Cuando pienso en mis nietos, siento a ellos les tocará reformular la conciencia de la cubanidad, fragmentada y en crisis, como lo hicieron entonces las primeras generaciones de criollos en la recién estrenada República. En ese empeño cobra otra vez vitalidad la certera frase de José de la Luz y Caballero “Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra”, escrita durante los primeros balbuceos de nuestra nacionalidad. Luchemos pues desde hoy, incluidos en primerísimo lugar los padres, por crear “Escuelas de virtudes, de pensamientos y acciones, no de expectantes ni eruditos, sino de activos y pensadores”, siguiendo al propio propio Luz, capaces de producir la conciencia nacional tolerante, diversa e instruida que Cuba necesita en este momento.

Ellos serán los carpinteros que construyan la promisoria barca Cuba “con todos y para el bien de todos”, así como de timonearla por un rumbo de paz ciudadana y prosperídad.

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Ing. Eloy M. Viera Moreno

Enamorado de la ciudad que lo acogió por más de treinta años. Dedicado cultor de la cienfuegueridad.


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Cienfuegos de Cuba

Detalles interesantes sobre la Perla del Sur y la actualidad cubana

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