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de lectura

En la noche del viernes 5 de agosto de 1994, mientras me preparaba en Cienfuegos para viajar a La Habana con 16 cartones de huevos (me cuento entre los muchos cubanos convertidos entonces en traficantes del mercado negro para sostener a sus hijos), escuché por el noticiario de la televisión nacional (NTV) la reseña sobre un pequeño grupo de “antisociales” rompiendo algunas vitrinas de La Habana. No había razones para suspender el viaje.

Cuando a la entrada a la Habana por las Ocho Vías la policía registró el ómnibus donde viajaba, comprendí la verdadera dimensión del asunto. Buscaban armas, pues sólo chequeaban el peso de los bultos. Al bajarme en la intersección de Reina y Belascoaín a primeras horas de la mañana, me encontré con un bloque de más de 15 policías en formación militar (la cifra no es una exageración). Entonces comencé a rezar para no ser detenido, porque con tantos bultos no podía pasar desapercibido (los huevos se dejan empacar sin apretarlos hasta un límite).

Me tocaba caminar algo más de un kilómetro por Reina hasta el Parque de la India. En cada esquina de ese recorrido vi a una o dos parejas de policías deteniendo gente joven, particularmente negros. En algún momento en el Parque de la Fraternidad hasta debí pedirle permiso a una pareja de ellos para pasar mi humanidad y los múltiples bultos sobre ella. Nunca me detuvieron, yo no soy negro.

Esa tarde, ya bien informado sobre lo sucedido, fui a “pasear” por todo el Malecón, desde el Castillo de la Punta hasta la desembocadura del río Almendares. Fidel Castro, en declaración pública, había dado la orden a las Tropas Guardafronteras de no obstaculizar la salida de ninguna embarcación con el objetivo de emigrar de Cuba. Era el pistoletazo de arrancada para un nuevo espectáculo surrealista. Presencié como se echaban al mar por diferentes puntos del litoral más de dos decenas de balsas, hechas con medios rústicos y caseros, diseñadas por habaneros sin conocimientos siquiera elementales de marinería. Triste espectáculo, la familia y amigos despidiéndolos del lado terrestre del muro con gritos y llantos. Gente llegando al Malecón con sus balsas a bordo de todo tipo de vehículos (carretillas, bicicletas, camionetas). Grupos pasando las pesadas balsas sobre el muro, a través del diente de perro, hasta alcanzar el mar. Expresiones de fe religiosa inenarrables, como imágenes de santos flotando atados a las embarcaciones. Niños asustados y llorosos formando parte de los emigrantes. La hermosa caída del sol de ese día, tantas veces disfrutada desde el muro, estuvo empañada por el triste espectáculo de la tercera y última ola migratoria, cumpliendo la secuencia de producirse cada 15 años (Camarioca 1965, Mariel 1980, y en general desde todas partes de la Isla en 1994).

Este éxodo, al menos en su parte masiva, duró alrededor de un mes hasta principios de septiembre en que se firmaron los acuerdos migratorios entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Algo poco reconocido es el papel jugado en esta ocasión por los guardacostas norteamericanos al interceptar en alta mar a los balseros. Con alguna experiencia de mar, puedo asegurar miles de ellos hubieran perecido sin llegar a su destino a bordo de sus endebles embarcaciones. Otra característica de estas salidas es que, por primera vez en una larga historia de huidas de la Isla, el gobierno estadounidense devolvió al país algunos emigrantes, previo acuerdo con el gobierno cubano de no tomar represalias con ellos.

Ha pasado un cuarto de siglo, durante el cual se ha incumplido la periodicidad matemática de un éxodo cada tres lustros. La principal razón no ha sido la llegada de mejores tiempos para los cubanos de la Isla, sino la firme decisión del gobierno estadounidense de no permitirlo, con operación militar de bloqueo naval incluida, preparada desde la presidencia de George Bush hijo. Por su parte, a manera de escarmiento para los cubanos, en medio de una difícil situación social caracterizada por la más cruda represión política, las autoridades cubanas fusilaron en 2003, después de un juicio sumarísimo, a tres secuestradores de una lancha, rompiendo quince años de moratoria de dicha pena.

Cuando salgamos de la anomía actual, una de las primeras acciones será incorporar estos acontecimientos a nuestra historia y memoria social. Los cubanos entonces debatiremos las razones por las cuales, en sesenta años, pasamos de ser privilegiados receptores de inmigrantes, a uno de los pueblos del mundo con mayor diáspora en relación a su población. Triste.

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Ing. Eloy M. Viera Moreno

Enamorado de la ciudad que lo acogió por más de treinta años. Dedicado cultor de la cienfuegueridad.


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Cienfuegos de Cuba

Detalles interesantes sobre la Perla del Sur y la actualidad cubana

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