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Al templo dedicado a Nuestra Señora del Carmen en Cayo Carenas, uno de los interiores de la bahía, corresponde la distinción de ser la única iglesia dentro de la arquitectura católica cienfueguera a la que sólo puede accederse por mar. El cayo está distante de la ciudad unos 4 kilómetros de travesía marítima y su geografía sigue siendo en buena medida inhóspita, cubierto de un bosque mayoritariamente arbustivo, en medio del cual encontrar la presencia de una iglesia de mampostería, aunque pequeña con algunas pretensiones estéticas, parece una creación surrealista.

Mapa de Cayo Carenas con la ubicación en rojo del templo de Nuestra Señora del Carmen

Verdaderamente “tropezarse” de pronto con una edificación de este volumen y solidez, en medio de un cayo dominado por un bosque salvaje arbustivo, resulta algo surrealista.

A principios del siglo XX comenzó en Cayo Carenas lo que oficialmente se denominó por el Ayuntamiento Municipal “el fomento de una población en el lugar”. Traducido en la práctica eso significó la construcción de casas de veraneo por parte de familias pudientes, proceso caracterizado por la incorporación paulatina al listado de los propietarios de terrenos en el cayo, junto a los apellidos de las familias más antiguas como los Avilés y los O’Bourke, de otros pertenecientes a las nuevas progenies que accedían entonces a la riqueza. Especialmente intenso resultó este movimiento entre 1904 y 1908. Una revisión de las inscripciones en el Registro de la Propiedad en este período revela la aparición de nuevos y desconocidos hasta entonces apellidos entre los propietarios de terrenos en Cayo Carenas.

Vista aérea de Cayo Carenas en los años cincuenta. Según estudio hecho por Juan Clark, descendientes de una de las más enraizadas familias cienfuegueras, Cayo Carenas tiene una superficie algo mayor a una caballería (20,46 hectáreas), de la cual cerca del 5 % se ha destinado a calles (más en las intenciones de los urbanizadores que en la vida real, donde sólo se encuentran trillos en medio del matorral). Entre los principales propietarios se encuentran Joaquín Garriga, Leopoldo Abreus y Andrés Avilés.

Formando parte de este poblamiento, la Iglesia compra en 1908 un terreno bastante amplio de cuarenta y tres por cuarenta y seis varas, con su frente al Callejón de Coll, y construye en el lugar un templo de madera, sobre cuyas características no he encontrado información fidedigna. Tampoco dispongo de la fecha exacta de su inauguración, aunque ocurrió con seguridad antes de noviembre de 1911, fecha de la boda celebrada allí por los novios María Pastora Ponce y José A. Riquelme, acontecimiento descrito por la crónica social.

Si por fuera la edificación impresiona en medio de la maleza, por dentro sorprende aún más con su altar y bancos de caoba en perfecto estado de conservación.

No he podido precisar la ubicación exacta de este inmueble por la difícil geografía del cayo y por la no existencia de testigos con recuerdos precisos del edificio. Tampoco encontré imágenes, circunstancia sorprendente, pues gracias al desarrollo de la fotografía y a la osadía e iniciativa de los fotógrafos establecidos en Cienfuegos desde finales del siglo XIX, disponemos de abundante testimonio gráfico, entre otros, de inmuebles en el cayo, a pesar de la complejidad del traslado de las máquinas fotográficas de la época hasta el lugar. Sin embargo, mediante el estudio de los límites de la escritura de compra por la Iglesia del terreno original, y gracias a los datos aportados por el cienfueguero Juan Clark, descendiente de una de las familias con propiedades históricas en el cayo, cuya infancia, juventud y ahora tercera edad han estado vinculadas con el lugar, he llegado a la conclusión de que el templo de mampostería fue construido en el mismo lugar, sobre las ruinas del anterior de madera.

Foto de los años treinta de Cayo Carenas. Al fondo la edificación del Club de Pesca, cuya membresía fue “democratizándose” hasta convertirse en un centro de recreación visitado por muchos cienfuegueros.

Esta edificación desapareció completamente, junto a los baños y muelles particulares así como al resto de las viviendas existentes en el islote (menos la de Nicolás Castaño que permaneció en pie), como resultado del paso del huracán del 28 de septiembre de 1935.

El ciclón de septiembre de 1935 se encuentra entre los más desbastadores que haya soportado Cienfuegos en sus dos siglos de existencia. Particularmente se ensañó con Cayo Carena, donde destruyó todo a su paso, incluyendo el primer templo de madera construido allí.

En los próximos 3 lustros el uso del cayo como lugar de recreo se socializó significativamente, resultado de un conjunto de circunstancias, entre ellas el fomento del turismo nacional en la localidad como fuente de prosperidad. Fruto de este incremento se fundaron dos asociaciones: el Cayo Carenas “Tennis Club” (A pesar de su rancio nombre casi nada tenía en común con sus homónimos de La Habana y Santiago de Cuba, entre su socios se encontraban muchas familias de clase media); y el “Club de Pesca”, ambos con áreas de servicios al público. De igual forma el transporte marítimo en el interior de la bahía pasó del vapor al diesel, aumentando capacidad, velocidad y comodidad, y “democratizando” los precios de la transportación.

Foto del templo desde la parte trasera.

La reconstrucción del templo también tuvo un carácter más socializado esta vez, de la mano de una mujer destacada en las labores de la Iglesia, la Srta. Clementina Villalón Grosso (“Cuquita”), muy lúcida hasta su fallecimiento hace escasos años, hija del político Manuel Villalón Grosso. Las labores de recaudación comenzaron en 1949. La organización de juegos, ferias y otras actividades coordinadas personalmente por la Srta. Villalón, propició la participación en la campaña de cuestación popular de un amplio espectro de cienfueguros. Ella misma pidió al Ing. Federico Navarro diseñara la capilla de forma gratuita, a lo que el profesional accedió con gusto.

Se trata de un edificio de ladrillos y hormigón, de 8.5 por 20 metros, con puntal de 5.5 m y cubierta pesada de azotea. Los cinco contrafuertes en cada una de sus fachadas laterales, unidos a las tres columnas de cada lado con sus correspondientes vigas, todo de hormigón armado, son señales evidentes acerca de la intención de reforzarlo por parte del Ing. Navarro. La previsión de su creador le ha permitido al inmueble sobrevivir casi siete décadas y permanecer en pie después de varios de los más fuertes huracanes que han azotado esta comarca entre 1996 y 2007. La construcción estuvo a cargo del Maestro de Obras Ventura Urizar, quien debió transportar todos los materiales, incluyendo el agua, a bordo de patanas desde tierra firme y acarrearlos a través del cayo a mano, por un terreno en extremo dificultoso. La actual iglesia de mampostería se inauguró para el verano de 1950.

Nota en la prensa local de 1949 dando a conocer que una nueva planta eléctrica sería instalada en Cayo Carenas por el alcalde Arturo Sueiras, así como que dicha localidad disponía de un centro para 35 números de teléfonos después de la adquisición un nuevo cable. La introducción de la energía eléctrica y el teléfono en Cayo Carenas fue otro de los factores de la “democratización”, facilitando cada vez a un mayor número de cienfuegueros su disfrute.

La fachada del inmueble, de espíritú románico, está adornada con dinteles dibujados a relieve sobre sus arcos ojivales. El acabado color piedra le otorga al frontis un aire antiguo y solemne. Su campanario, de sección cuadrada, se alza escasamente dos metros y medio sobre la cubierta, ornamentado con dos estrechas ventanas también con arcos ojivales en su frente, y está techado con azotea de hormigón armado, todo con la clara intención de no crear elementos poco resistentes aún cuando esto se lograra a costa de la estética. Sin embargo, su cruz de acero conformada con bonito diseño, se apoya sobre una estructura compuesta de cuatro elementos de hormigón en forma de vigas inclinadas, simulando una cubierta con pendiente sobre la torre, cuando en realidad el conjunto es hueco, permitiendo el paso del viento sin efecto destructivo durante los fenómenos meteorológicos. Esta racional y moderna solución no se repite en ningún otro templo de la diócesis.

Fachada color piedra del templo, de espíritu románico con ventanas ojivales y ornamentos, estética sorprendente considerando las condiciones de transportación de los materiales hasta el lugar (incluída el agua dulce).

Las dimensiones del inmueble, relativamente grandes si consideramos el entorno circundante, así como el hermoso aspecto añejo de su fachada, admiran al visitante en el primer encuentro. Tal le ocurrió al destacado intelectual cubano Leonardo Padura Fuentes hace más de veinte años, cuando siendo un joven periodista del entonces diario “Juventud Rebelde”, después de reconocer su sorpresa ante el hallazgo calificó el inmueble como “insólita y vetusta construcción”. En la misma crónica, al pie de una foto de su campanario se cuestiona “La torre de una iglesia sin campanas, ¿nunca habrá llamado a alguien?”. Olvidó Padura que en tiempos de escacez material, en época de ateismo militante, llevado más allá de la cordura el buen juicio, las virtudes y el respeto por los valores patrimoniales, las propelas de los barcos de los pescadores vecinos se fabricaban de la misma aleación que las campanas del templo, cuyo tañido convocó muchos domingos, durante las mañanas de asueto de los veranos cienfuegueros a turistas y paseantes ocasionales del cayo.

Corona el templo una estructura compuesta de cuatro elementos de hormigón en forma de vigas inclinadas, simulando una cubierta con pendiente sobre la torre, cuando en realidad el conjunto es hueco, permitiendo el paso del viento sin efecto destructivo durante los fenómenos meteorológicos.

Con la llegada de la electricidad al cayo mediante la instalación de una planta, casi coincidentemente con la terminación del templo, comenzó a gestarse la idea de instalar sobre su torre una cruz lumínica formada por lámparas fluorescentes, entonces un furor de la tecnología más moderna, pensando en la vista que desde el mar tendría el campanario. La última noticia al respecto se produjo en marzo de 1952, cuando la Sra. Micaela Álvarez de Casanova Boullón encargó al Maestro de Obras Ventura Urizar su colocación. Deconozco si llegó a ubicarse, pues los tiempos posteriores se tornaron convulsos, pero puedo aventurar que en caso de haberse llevado a efecto, no debió durar mucho por la intemperie, así como por la falta de cuidado y mantenimiento impuestos por la lejanía del lugar.

Vista de Punta Arenas en Cayo Carenas, desde el barco que lo enlaza con la ciudad, única vía de acceso al templo construido allí.

El deterioro de los inmuebles del cayo después de su momento “de lujo” en las primeras tres décadas del siglo XX ha transcurrido con una lamentable continuidad. Juan Manuel Planas fue un destacado poeta e ingeniero cienfueguero, miembro de una de las familias con propiedades más antiguas en el islote, cuya infancia y juventud transcurrieron vinculadas al mismo. Testigo invaluable, escribió una novela “Flor de Manigua”, con el cayo como escenario de los acontecimientos. Por condierarlo un testimonio autorizado, reproduzco la descripción que hizo de su visita, publicada en la prensa local en 1949: “De Cayo Carenas lo único bueno de que guardo memoria fue el almuerzo... Lo demás ruinas y ruinas, hasta en la misma naturaleza, pues ni caracoles había en la playa, para traerles a mis nietos”. Así mismo, en la crónica del periodista Leonardo Padura mencionada anteriormente, escrita treinta y seis años después, hecha la referencia a la época de esplendor que tuvo el cayo, se apresura a describir: “Pero las construcciones actuales -muchas de ellas levantadas allá por los años 20- pronto correrán la misma suerte. Si bien su abandono es bueno para la imaginación, es mortal para la madera: las cenefas se caen, los portales se hunden, las escaleras se quiebran, las barandas se reducen a polvo...”

Vista interior del templo. Sus bancos de caoba y su altar se consevan perfectamente.

Más de dos décadas después, para describir la situación actual de los inmuebles del cayo habría que agregar al testimonio de Padura las consecuencias producidas sobre la naturaleza del lugar por el paso de fenómenos atmósféricos, cada vez más frecuentes y agresivos. Sin embargo, descontando las vidrieras de las ventanas, desaparecidas hace años, gracias a la previsión de diseño de un capacitado profesional, a la honestidad y seriedad puestas en la ejecución por un destacado maestro de obras, y al cuidado de la comunidad parroquial de la Catedral que cada 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen visita el templo y hace trabajos de limpieza y conservación, la iglesia ha llegado hasta nosotros en satisfactorias condiciones, y continúa asombrando al visitante con su persistencia de ayer, hoy y siempre.

No importa cuantes veces visites Cayo Carenas, el templo siempre saldrá del matorral para sorprenderte como una aparición surrealista.

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Ing. Eloy M. Viera Moreno

Enamorado de la ciudad que lo acogió por más de treinta años. Dedicado cultor de la cienfuegueridad.


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Cienfuegos de Cuba

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