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El próximo día dos de agosto se celebrará en el Calendario de la Iglesia Católica el festejo mariano Nuestra Señora de los Ángeles. Con tal motivo ofrezco algunos detalles arquitectónicos del templo dedicado de la fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua (Castillo de Jagua), único dedicado a esa devoción entre los existentes en la Diócesis de Cienfuegos.

Plano de ubicación relativa del templo con respecto a la fortaleza.

El templo del Castillo de Jagua debe su importancia, más allá de sus valores estéticos, al hecho de ser la continuidad histórica de la primera huella arquitectónica perdurable del catolicismo en la bahía cienfueguera.

La lámpara de aceite y la cruz a relieve sobre la piedra de los muros de sillería de la fortaleza recuerdan que aquí estuvo la primera huella del catolicismo en la comarca cienfueguera.

Los territorios inmediatos a la rada eran bien conocidos desde el bojeo a Cuba en 1508 llevado a cabo por Sebastián de Ocampo, quien llegó a nombrar a uno de sus cayos como Cayo Carenas pues le recordaba la bahía donde más tarde se estableció La Habana. Del mismo modo, en su memoria se designó otro de los cayos interiores de la ensenada cienfueguera con su apellido (Cayo Ocampo). En ese propio cayo estableció su estado mayor Diego Velázquez por algo más de tres meses, después de la Navidad de 1513, durante la colonización de la Isla. En ese sitio se pensó la fundación de algunas de las primeras villas cubanas. A pesar de la presencia de sacerdotes en la zona generada por todos estos acontecimientos, entre ellos el ilustre Fray Bartolomé de las Casas, no se construyó en más de dos siglos ninguna construcción perdurable en la comarca relacionada con la labor de evangelización propia de la Iglesia.

Siete décadas antes de la fundación de la Colonia Fernandina de Jagua (hoy Cienfuegos), se construyó la primera impronta arquitectónica del catolicismo en la zona, formando parte de una instalación bélica, la fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, terminada en 1745 por el ingeniero José Tantete, aunque en opinión de algunos estudiosos (Luis Bustamante, Joaquín Weiss y otros) fue ejecutada sobre un diseño anterior del Capitán Ingeniero Militar Bruno Caballero. Allí, con su acceso desde un tranquilo y sombreado patio interior donde se encuentra el brocal del aljibe que abastecía de agua potable a los soldados, (viene a la mente la bella alegoría referida al agua viva del Nuevo Testamento), enmarcada por las húmedas y oscuras paredes de sillería tosca de la fortaleza, un exiguo salón de menos de 30 metros cuadrados dio amparo durante más de siglo y medio a una capilla, atendida por siete capellanes antes de la fundación de Cienfuegos, el último de los cuales sería su primer cura de almas y después su primer párroco: Fray Antonio Loreto y Sánchez. En ese local, conservado hasta hoy con dignidad y amor por los trabajadores del Museo del Castillo, sobre una tosca mesa de roble americano, ante un puñado de fieles sentados en toscos bancos de caoba, a la luz de una macilenta lámpara de aceite, debieron celebrarse y asentarse los primeros sacramentos impartidos a los militares de servicio en el alcázar y a los pobladores de las zonas vecinas.

Con la aparición de la Colonia la capilla de la fortaleza perdió su protagonismo local, aunque continuó funcionando hasta la intervención norteamericana de 1899. A partir de entonces el castillo tuvo un azaroso destino, alternando períodos de abandono total con lapsos de uso como cuartel o prisión.

Ya en el siglo XX, el primer intento con resultados concretos de construir un templo en el poblado, fue el ejecutado en 1935. No dispongo de información sobre las características de este edificio, aunque muy probablemente debió ser de madera y tejas. Con seguridad puede afirmarse que para el 28 de septiembre de ese año la capilla estaba “casi terminada”. En cualquier caso, el ciclón abatió Cienfuegos ese día hizo desaparecer lo edificado, junto a la casi totalidad de las viviendas del lugar, incluyendo las casas de veraneo más confortables, y el hotel “Frank”, uno de los inmuebles más sólidos de la localidad entonces.

Foto del templo del Castillo de Jagua en el año de su inauguración (1952)

Durante casi veinte años el proyecto permaneció dormido, hasta 1950, cuando un grupo de cienfuegueros conforman el “Comité Pro Construcción de la Capilla del Castillo de Jagua”, presidido por la Srta. Ada María Trujillo, integrante de la Acción Católica Cubana, desde cuyo seno lanzó la idea de la edificación de la iglesia. La Srta. Trujillo formaba parte de la familia propietaria de los barcos dedicados al traslado de pasaje dentro de la bahía, con residencia particular de veraneo en el Castillo. Del Comité formaba parte también la Sra. Rosalía Cacicedo de Ramírez (“Chalía”), de amplia y conocida contribución a las obras de la Iglesia. Entre los miembros del clero el principal promotor de la erección de la capilla fue el presbítero cienfueguero Ramón O’Farrill, quien atendía las necesidades pastorales del poblado.

La intención religiosa de construir un templo en el barrio del Castillo formaba parte de una serie de acciones ejecutadas durante los tres lustros transcurridos a partir del ciclón de 1935, con el propósito de lograr mejorar las condiciones de vida del poblado y aumentar su importancia como centro turístico. Estas gestiones tomaron un carácter más formal y organizado con la fundación en 1936 del Comité local de Turismo por iniciativa del Club Rotario, para laborar por convertir a Cienfuegos en destino importante del turismo nacional. De igual forma influyó positivamente la creación en 1941 del “Comité Pro Castillo de Jagua”, entre cuyos integrantes se encontraba Mons. Eduardo Martínez Dalmau. En el quehacer de estas organizaciones se incluyó el apoyo brindado a las procesiones marítimas en la década de los cuarenta, con la decisiva ayuda de la compañía naviera de la familia de la Srta. Ada Trujillo, logrando transformar éstas, de expresión religiosa espontánea y con poca participación, a festejos tradicionales y pintorescos de amplia asistencia popular. La importancia y divulgación adquirida por estos eventos religiosos contribuyó a destacar la necesidad de construir un templo en el barrio del Castillo. Con la construcción de éste último y el de la iglesia de Cayo Carenas, el eje principal de las procesiones marítimas derivó hacia ellos.

Vista del templo después de reparado en el año 2000.

La recaudación de los fondos necesarios para comenzar los trabajos constructivos se logró mediante un bazar celebrado dentro de los festejos del carnaval cienfueguero de 1950, ese año celebrados coincidiendo con la fundación de la ciudad en el mes de abril. El carácter emblemático para los cienfuegueros del Castillo de Jagua dotó a esta verbena de una especial contribución popular. Con ella cooperaron, desde figuras encumbradas como el Alcalde Municipal Arturo Sueiras, pasando por representantes de firmas comerciales como la “Cerveza Hatuey”, hasta los alumnos y ex alumnos de los colegios católicos.

El proyecto de construcción, sin recibir remuneración alguna, fue ejecutado por el Ing. Federico Navarro Taillacq, con la particularidad de que esta vez el control de la ejecución se llevó a cabo de conjunto con su primo el Ing. José Porrúa Taillacq, quien también donó su trabajo. La construcción estuvo a cargo de la pareja de albañiles que conformaban los hermanos Rumbaut. El levantamiento para el comienzo de la construcción se efectuó el 12 de noviembre de 1950.

Situado a lo largo de un terreno con un desnivel de más de dos metros entre el fondo y el frente del templo (25 m.), requirió una escalinata de acceso, cuyos catorce escalones fueron diseñados de mayor a menor, acortándose a medida que se elevan por dos muros laterales circulares, formando una especie de embudo de entrada hasta el arco frontal de su atrio de 3.5 X 3 m., techado con contrastantes tejas criollas rojizas, en armonía con la cubierta del balcón existente casi a todo lo largo del ala norte de la fortaleza, ubicada inmediatamente al cruzar la calle. Su fachada principal, conformada como un trapecio al sobresalir su base por fuera del ancho de los muros laterales, está coronada por una espadaña de tres metros de extensión, adornada de tres arcos, en uno de los cuales se colgó la pequeña campana de algo más de un pie de altura. Dándole cima a la espadaña, en su centro, en lo más alto y visible del templo, se colocó una cruz diseñada especialmente por el Ing. Navarro y donada por el Sr. Mario Trujillo, conformada por cintillos de acero con un diseño de cruz celta de 1.5 m. de altura.

Foto de la inauguración y bendición del templo el 16 de marzo de 1952.

Los vitrales de las ventanas constituían otro detalle arquitectónico destacado. Con un diseño sencillo de trazos rectos, el uso de cristales de color morado (de significación solemne en la liturgia católica) para rellenar la cruz, destacaba con énfasis el signo, del que salían rayos de diversos tonos vivos, en consonancia con la esperanza de fe emanada de dicho símbolo religioso, y en armonía con el carácter turístico del lugar, aportando alegría al entorno.

El altar original fue diseñado por el destacado escultor cienfueguero Mateo Torriente. Un arco definido por una curva a relieve a lo largo de la pared del fondo del presbiterio semejaba la bóveda celeste, en cuyo centro, también a relieve, se dibujó una cruz. El uso del azul marino, color representativo de la advocación mariana como Nuestra Señora de los Ángeles y los ornamentos blancos en forma de estrellas dentro de los límites del arco reafirmaba la idea del orbe célico, en cuyo centro, dentro de un nicho adentrado en la pared posterior, fue colocada la imagen de la Virgen donada por el Sr. Domingo Álvarez Nieto.

Aunque muchos investigadores dan por sentado la existencia desde antes de una imagen de bulto de Nuestra Señora de los Ángeles (entonces relativamente costosas) dentro de la capilla de la misma titularidad en el Castillo de Jagua, la primera evidencia testimonial de su existencia nos la brinda Enrique Edo, precisando fue donada en 1867 por José Ricardo Jova y Abreu (1830-1892), comerciante y dueño de almacenes, vecino del barrio del Castillo y concejal del Ayuntamiento durante años, ocupando en esa institución varios cargos hasta que fuera separado en 1869 del puesto de Regidor por el Capitán General por desafecto a España. Ésta probablemente haya sido la primera y única imagen de bulto en la capilla del Castillo.

Dicha talla en madera tuvo una azarosa historia después de la primera intervención norteamericana, cuando la fortaleza fue abandonada, siendo recogida y conservada por manos piadosas durante años en la capilla particular de la Sra. Teresa González de Cabarga en el pueblo de San Fernando de Camarones, de donde fue reintegrada a su lugar de origen por el intelectual cienfueguero Rafael Pérez Morales Dauval como parte de los trabajos de restauración de la fortaleza, terminados oficialmente con un acto el día de la fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, el 2 de agosto de 1923. Según un estudio realizado por investigadores del museo radicado hoy en el Castillo, la imagen fue destruida y echada al fondo del aljibe de la fortaleza en 1972, durante una época en que imperó en el país un severo y generalizado sentimiento de ateísmo militante a ultranza.

Por su parte, la talla conservada hoy en el templo es la misma de su inauguración, con la única diferencia de faltar la guitarra sostenida por el angelito de la parte inferior derecha.

El templo estaba prácticamente terminado el 30 de diciembre de 1951, cuando la imagen peregrina de la Virgen de la Caridad del Cobre visitó el lugar como parte de su periplo nacional por el Cincuentenario de la República, momento en que se escuchó por primera vez el tañido de su campana. Fue solemnemente inaugurado y bendecido por Mons. Eduardo Martínez Dalmau el 16 de marzo del año siguiente.

Plano de distribución en planta.

En 1955, con la ayuda financiera de Martha Fernández, esposa del presidente de facto Fulgencio Batista, y la activa promoción de la Srta. Ada Trujillo, se construyó al lado sur del templo una modesta edificación de ladrillos y cubierta ligera de 10 por 7 metros, donde funcionó una escuela para niños pobres del lugar con la colaboración de las maestras y ex alumnas del Colegio Teresiano, así como una academia gratuita de corte y costura para las mujeres del Castillo.

Ambas edificaciones llegaron a nuestros días en pésimo estado físico producto de la falta de mantenimiento, los largos períodos en que permaneció cerrado y el uso de la escuela como vivienda por decisión de las autoridades locales.

Fachada frontal del templo, donde puede verse la edificación construida a su lado.

En el año 2000 se realizó una reparación capital al edifico del templo según proyecto elaborado por el Arq. José Luis Aguiar Roque y el Ing. Eloy M. Viera Moreno, sustituyéndose el presbiterio por el moderno diseño del laico villareño Sr. Armando Valduesa, manteniéndose las dimensiones y características arquitectónicas del inmueble. Entre los trabajos realizados se restituyeron los desaparecidos vitrales, se reconstruyeron, según las necesidades tecnológicas actuales las redes de distribución eléctrica (incluida la iluminación interior y exterior) y las instalaciones hidráulicas y sanitarias. El templo fue solemnemente inaugurado y bendecido después de los arreglos durante los festejos de Nuestra Señora de los Ángeles el 2 de agosto de ese mismo año.

Vista del templo desde el castillo: modernidad y tradición.

Por último, mencionaré una anécdota simpática relativa a la titularidad del templo. Cuando se comenzó la construcción de la iglesia del Castillo en 1950, alguien corrió la idea sin fundamento de que sería dedicado a la devoción mariana de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, advocación a su vez considerada desde antaño como patrona por los pobladores del barrio de O’Bourke. La comisión gestora de la construcción del templo en aquel barrio, ya en funcionamiento para esa fecha, protestó “oficialmente” en la prensa porque “no se puede variar la tradición de un pueblo”. Los pobladores del Castillo, a su vez, expresaron su desacuerdo con el cambio de titularidad, alegando las mismas razones.

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Ing. Eloy M. Viera Moreno

Enamorado de la ciudad que lo acogió por más de treinta años. Dedicado cultor de la cienfuegueridad.


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Cienfuegos de Cuba

Detalles interesantes sobre la Perla del Sur y la actualidad cubana

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